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Mi encuentro con Oscar nace, como todos los buenos momentos, de una historia de amor.Ésta no es entre dos personas, ni tampoco es mía. La escuché una tarde de invierno. Me fascinó y quise formar parte de ella.

Ellos estaban de viaje por Barcelona. En el Pabellón de Mies, a la salida, había unas joyas inspiradas en esa arquitectura y ella no pudo resistirse. Ese anillo tenía que ser suyo.
Hace poco que ambos habían ganado un concurso de arquitectura. Sacaron su premio de la cartera y se lo compraron.
Ese esfuerzo e ilusión, a partes iguales, hicieron indisoluble la relación sentimental con ese objeto.
Un desajuste en la pieza les puso en contacto con el diseñador. Encantado, Oscar, redefinió su pieza y la remitió reversionada. Ahora, más que nunca, era así para ella. Sólo para ella.

Aquella tarde en la que me contó la historia, supe que su manera de entender el trabajo era tremendamente contemporánea y desbordante de emoción.

Luego descubrí sus piezas. Retorcidas, se estremecen seduciendo con posturas frágiles, quebradizas. Todas ellas se mueven sin parar, se contornean como una mujer que se sabe bella, esbelta y ligera, como si no llegase a apoyarse en el suelo mientras camina.
Sus joyas disimulan ser perfectas pero, si te acercas, sus poses resultan ser menos rígidas y nos enseñan sus pliegues, imperfecciones en formas de arrugas, hermosos testigos de las manos del orfebre.

Concebidas como únicas, como resultado de un juego geométrico o de una aplicación matemática, mientras cobran vida se vuelven tercas e indomables, frías, pero susceptibles al calor de la piel de quien las acompañe durante unas horas.

Desde nuestras experiencias, conocimientos y pulsiones, así es como debemos mirarlas.

Complejidad dinámica Oscar Abba 03.08.2012 Elche Centro Municipal de Exposiciones